El papa Francisco pidió desde Mongolia a los católicos chinos que sean «buenos ciudadanos»

Con este primer viaje papal a Mongolia, un país de Asia central entre Rusia y China, Francisco buscó dos objetivos: llegar a una región aislada donde el catolicismo es muy minoritario y aprovechar la cercanía geográfica con China para mejorar las relaciones con Beijing.

Francisco ofició este domingo una misa en un estadio de hockey sobre hielo de la capital, Ulán Bator, para mostrar su apoyo a la pequeña comunidad de 1.400 católicos de Mongolia, un país mayoritariamente budista de tres millones de habitantes.

El papa fue recibido por una multitud entusiasta y recorrió el estadio en un pequeño vehículo escoltado por el misionero italiano Giorgio Marengo, que con 49 años es el cardenal más joven del mundo y ejerce como representante de la prefectura apostólica de Ulán Bator.

Después, avanzó hacia el escenario en silla de ruedas para presidir la liturgia bajo una gigantesca cruz de madera colocada especialmente para la ceremonia.

El final de la misa gritó la palabra gracias en mongol «íbayarlalaa!».

En un encuentro el sábado con misioneros católicos, Francisco afirmó que los gobiernos «no tienen nada que temer de la labor de evangelización de la Iglesia, porque esta no tiene una agenda política», sin hacer una mención directa a China, un estado con el cual el Vaticano no tiene relaciones diplomáticas.

Muchos peregrinos chinos viajaron a ver al papa, pese a los riesgos de represalias a su retorno.

Dificultades

Fue «bastante difícil venir aquí», contó a AFP una ciudadana china que asistió a la misa del domingo, que pidió no divulgar su identidad.

El Papa Francisco llega para presidir una misa en el Steppe Arena en Ulán Bator, la capital de Mongolia. Foto AP

Según la mujer, las dos personas que organizaron el peregrinaje de su grupo a ver al papa fueron detenidos en China.

«Me da vergüenza ondear la bandera nacional» de China, afirmó. «Pero tengo que alzarla y hacerle saber al Papa lo difícil que es para nosotros», explicó.

Durante la mañana del domingo Francisco se reunió con representantes de otras religiones de Mongolia en el Teatro Hun, que tiene la estructura de una tradicional yurta.

En el encuentro participaron líderes cristianos y representantes del budismo, chamanismo, islam, judaísmo, hinduismo, la Iglesia ortodoxa rusa, los mormones y bahaí.

«Las tradiciones religiosas, con toda su distinción y diversidad, tienen un potencial impresionante de beneficiar a la sociedad», declaró el pontífice.

Natsagdorj Damdinsuren, que dirige un monasterio budista de Mongolia, dijo que la visita de Francisco «demuestra la solidaridad de la humanidad».

Nomin Batbayar, un estudiante mongol de 18 años que asistió a la misa oficiada por el papa, celebró el llamado de Francisco al diálogo interreligioso.

«Siento que es una persona realmente auténtica», afirmó. «China no lo apoya de verdad, pero su pueblo está presente hoy», dijo en referencia a los peregrinos chinos que se desplazaron hasta Mongolia.

En la liturgia, una mujer china afirmó sentirse «bendecida» de ver al papa. «Tener nuestra propia religión no significa que estemos en contra de nuestro país», defendió.

La Santa Sede renovó el año pasado un acuerdo con Beijing que permite a las dos partes tener voz en el nombramiento de los obispos en China. Algunos críticos lo califican como una peligrosa concesión del Vaticano, a cambio de mantener su presencia en el país.

Francisco fue recibido oficialmente por las autoridades de Mongolia el sábado en la enorme plaza Sukhbaatar. El papa se definió como un «peregrino de la amistad» y elogió la «sabiduría» y la rica y antigua cultura del país, donde los ganaderos y agricultores son «respetuosos con los delicados equilibrios del ecosistema».

También denunció la «amenaza de la corrupción, que supone un peligro grave al desarrollo de cualquier comunidad humana».

El papa terminará su visita a Mongolia el lunes a mediodía.