los desplazados de Gaza, entre el polvo, el frío y el hambre

Primero pensó que la guerra terminaría pronto. Herido, con su casa destruida y obligado a sobrevivir «25 días sin nada», Yusef Mehna finalmente partió, como otros miles, hacia el sur de la Franja de Gaza.

Sentados en camiones, amontonados en coches, en carros tirados por burros o a pie, miles de palestinos huyen de los incesantes ataques del ejército israelí contra el norte del pequeño territorio que se encuentra entre Israel, Egipto y el Mediterráneo.

Mehna, que partió de Jabaliya, en el norte de la Franja de Gaza, esperaba llegar a Rafah, la última ciudad antes de Egipto. Pero su viaje se detuvo después de 25 kilómetros y ocho horas de un viaje agotador.

«Ya pagué 500 séqueles», es decir, unos 129 dólares, «para llegar de Jabaliya y no tengo más dinero para continuar», cuenta a la AFP el hombre, rodeado de sus seis hijos.

Su esposa, enferma, está en silla de ruedas, por lo que alquilar diferentes «carros tirados por burros, camiones o coches» para pequeñas distancias. Pocos son los conductores que aceptan viajes largos por falta de combustible.

A veces era necesario caminar, empujándola, explica.

A su alrededor, en Bani Suheila, al este de Jan Yunes, hay cientos de familias con hijos que esperan.

El ejército israelí asegura que esta zona está relativamente a salvo, pero el domingo cuatro bombas lanzadas por un avión destruyeron una decena de casas.

El jefe de los hospitales de Gaza, Mohamed Zaqut, dijo a la AFP que hubo «10 muertos, entre ellos mujeres y niños».

Casi una de cada dos casas quedó destruida o dañada en la Franja de Gaza, donde actualmente hay más de un millón y medio de desplazados, según la ONU. En tres días, casi 200.000 personas abandonaron el norte hacia el sur.

En tres días, casi 200.000 personas abandonaron el norte hacia el sur. Foto AFP

Con esta afluencia, los alquileres que eran alrededor de 150 dólares al mes se ofrecen hoy entre 500 y 1.000 dólares.

«¿Alquiler? Ni siquiera encuentro pan para alimentar a mis hijos», lamenta Um Yaqub, de 42 años, que llegó a Jan Yunes hace tres días con su marido y sus siete hijos.

Si el acceso al pan es tan difícil es porque «el único molino de la Franja de Gaza ya no funciona por falta de electricidad y combustible», explica la ONU.

El 7 de octubre, Hamas, en el poder en Gaza, lanzó un ataque sin precedentes en suelo israelí, matando a 1.200 personas, en su mayoría civiles, y secuestrando a más de 240, según las autoridades israelíes.

Desde entonces, Israel bombardea el enclave palestino, donde han muerto más de 11.000 personas, principalmente civiles, según el ministerio de Salud de Hamás.

Antes del conflicto, poco más del 80% de los habitantes de Gaza vivían en la pobreza y casi dos tercios dependían de la ayuda internacional, de acuerdo con datos de la ONU.

El hambre no es el único problema de Yaqub. «Mi marido tiene problemas cardíacos», dice, y su hija Rim, de 20 años, «debería estar en una cama ortopédica».

«Pero todos dormimos en el suelo, en el polvo y no tenemos ni una manta pese a que por la noche hace mucho frío», subraya.

Su marido, Atef Abu Jarad, de 47 años, permanece en un aula en el primer piso de la escuela donde la familia acampa junto a decenas de otros desplazados.

«No tengo un séquel para comprar comida para mis hijos», deplora. De todos modos, las tiendas carecen de agua mineral, leche infantil, pañales para niños o pastas secas.

Los desplazados reciben un poco de ayuda alimentaria. «Una porción de arroz para compartir entre siete…», resume.

En cuanto al agua, hay que ir a buscarla a un grifo donde hay una larga fila de desplazados.

Su hija Rim tuvo que renunciar a los analgésicos que toma desde su nacimiento ya que sufre de malformaciones de la columna vertebral y el hombro.

«El dolor me impide dormir, pero no podemos comprar medicamentos», dice, resignada, con el estómago hambriento. Porque sus hermanos y hermanas pequeños «necesitan alimentarse».