los muertos se cuentan por cientos en territorio francés

Los tiros retumban en la frontera franco-belga y los muertos caen a plomo desde el cielo mientras el viento se lleva el olor a pólvora. Belgas y franceses se declararon “la guerra de los patos” y ninguna de las partes parece ceder en sus pretensiones. La broma, porque por no haber no hay ni frontera física real entre los dos países, tiene parte de cierto, porque hay tiros y hay muertos que caen desde el cielo, pero son patos.

La región belga de Hainaut, fronteriza con Francia, tiene unas marismas protegidas (Marais de Harchies) que son parte de la red Natura 2000, la que protegen las normas de la Unión Europea. Es un espacio verde y que tiene la protección máxima por debajo de la de Parque Nacional.

Una de sus riquezas es que por esas marismas pasan miles de aves al hacer su migración al sur cuando acaba el verano boreal. Al otro lado de la inexistente frontera no hay ningún tipo de protección especial y la ley permite a los cazadores disparar sin límite a las aves que les sobrevuelan.

Mientras los naturalistas belgas, de un lado, protestan, los cazadores franceses, del otro, hacen guardia a la espera de las bandadas de aves, principalmente patos, a los que bajan del cielo a tiros ante la impotencia de los belgas. Durante julio y agosto, los cazadores tiran grano con pequeños tractores por los campos para acostumbrar a los patos a descender en los sitios donde se situarán. Es una práctica prohibida tanto en Bélgica como en Francia.

El 21 de agosto, cuando se abre la veda de caza en Francia, los matan a centenares. Los belgas denuncian que en un día pueden matar hasta a 700 patos y que por cada pato abatido se debe contar una media de tres disparos. La masacre equivale aproximadamente, denuncian los naturalistas belgas, al 40% de la población de aves que pasa por la zona.

Además, como la mayor parte de la caza se hace al atardecer, que es cuando los patos inician su vuelo al sur, los cazadores son incapaces de saber si están disparando a especies protegidas en Francia o no, pero no hay ningún tipo de control efectivo por parte de las autoridades francesas.

Esos disparos generan otro problema. Los cazadores usan cartuchos que van rellenos de bolas de plomo. Las bolas que no impactan en los patos caen del lado belga de la frontera, que se llena de pequeñas bolitas brillantes que son atractivas para animales, que las comen y mueren.

Las denuncias del lado belga no han servido para nada, tampoco las que han hecho ante las autoridades europeas. Bélgica recibe fondos comunitarios para cuidar las poblaciones de aves, dinero que va a la basura porque la ley francesa, que por ahora la Comisión Europea no ha puesto en duda, permite matarlos cuando atraviesan la frontera. El trabajo del año en las marismas belgas para hacer que las poblaciones de aves puedan aumentar su tamaño queda en nada en unas pocas noches. A tiros.

Mientras Bélgica planea inversiones para adaptar la zona protegida al turismo rural, Francia no mueve un dedo por ahora. El diario francés La Voix du Nord publicó una entrevista con Raoul Bary, responsable de una asociación de cazadores de la región. Bary ironizó diciendo que los cazadores “no consiguen reconocer a los patos que llevan una bandera belga”.